Sábado 26 de abril, era la mañana
y ya comenzaba a sentir un poco de miedo a que la clase de hoy día con los
niños salga no tan bien como siempre lo esperamos ya que solo íbamos 2 de mi
grupo, y sabíamos que no iba a ser fácil. Sin embargo, los dos que en este caso
éramos Andrea Niño de Guzmán y yo, días antes nos comprometimos a que íbamos a sacar adelante la clase con el apoyo que
recibiríamos de los demás chicos de otros salones. En ese momento cumplía una
experiencia más que siempre cumplo todos los sábados que voy a Llanavilla, que
es en comprometerme y esforzarme, dar todo de mí para alcanzar nuestro objetivo,
que era terminar la clase ya con los niños sabiendo los colores y algunas
frutas en inglés.
Habíamos preparado la clase días
antes, pero al momento que llegamos nos demoramos un poco en hacer que guarden
silencio y que se mantengan en orden, recibí apoyo de tres chicos de otros
salones y antes de empezar coordinamos quien se iba a encargar de cada mesa
mientras que Andrea y yo hacíamos la clase. Cumplí mi segunda experiencia que
era la de organizar actividades, pero simplemente no era planificar lo que íbamos
a hacer, sino es que era pensar y ver un poco más allá, en otras palabras, que
en las actividades que nosotros hagamos los niños se diviertan y que siempre lo
recuerden como un buen momento sabiendo que aprender es divertido. A esto yo lo llamo también trabajo en
comunidad. Llegó la hora de empezar la clase, y no hay mejor manera de
empezarla con una oración, me sorprendió bastante que los niños supieran a la
perfección el padre nuestro, ya que hasta un niño de 3 años rezaba, claro que
con algunas dificultades al pronunciar pero se le entendía. Pude notar que
estaba utilizando un pilar del colegio al rezar junto con ellos, en el área de
cristianismo, porque sesiones anteriores sentía que cada sábado rezaban más
claro, no sé si cada niño rezará en su casa, pero en esta oportunidad todos
participaron de la oración y me dio mucha alegría, porque me gustaría tener un
poco de esa alegría que tienen los niños al rezar. Últimamente me he comunicado
poco con Dios, me siento alejado de él a veces, pero siempre que le rezo, le
pido por mi familia y me acuerdo de los niños, y le pido por ese niño llamado
Alex, para que sus padres dejen de pegarle, porque con solo imaginarme, me entristezco
y no sé lo que es saber sentirse en su lugar, porque jamás mis padres me han
pegado a mí. Puedo darme cuenta que vivo en otra realidad que es distinta a la
de los niños, y siento mucha impotencia al querer ayudarlos como un hermano
mayor, pero veo que no puedo, sentí la experiencia de sentir con la iglesia y
el mundo, ya que al ver como vinieron vestidos ese día, con ropa corta algunos
y hacía un frío inmenso, donde algunos me pedían golosinas, como cualquier
niño, pero no podían comer porque tenían caries y al no darles sentían pienso
yo que no les queríamos dar, y se ponían a llorar, cosa que me apenaba mucho,
porque desde ese momento comenzamos a perder un poco la atención de los niños,
ya que uno de los chicos que nos apoyaba sacó una bolsa de dulces de las cuales
él no sabía que estaba prohibido darles porque fue error de Andrea y yo de no
avisarle.
En un momento de nuestra clase,
empezamos a liderar con una dinámica que llamó la atención de los chicos, que
era la de colocar stikers en una cartulina donde se encontraba todos los
nombres de los niños, siempre y cuando participaran correctamente y levantando
la mano. Tuve una experiencia más de ciudad de Dios que era la de liderar con
inspiración, ya que generé mayor motivación, ganas en los niños de participar. A
medida pasaban los minutos los niños dejaban ya de interesarse de los stickers
y comenzaron a jugar entre ellos y no prestaron atención a la clase. Fue donde
vi que la ayuda que habíamos recibido de los chicos de otros salones no nos
ayudaba mucho, porque la mayoría generaba distracciones en los niños, no lo
hacían a propósito, sino tal vez que no estaban informados que debíamos cumplir
el objetivo de la clase. Me sentí desanimado por un momento, ya que veía todas
las clases en silencio, riendo y mi clase lleno de alborotos, gritos, y algunos
niños llorando porque se peleaban entre ellos.
Recibimos ayuda de la mis Rose, significó
un alivio para mí, pude observar como los niños caían en tentación de los ole
oles que tenía la mis Rose, esos tipos de chocolates si podían comer, claro
está que le tuve que preguntar a la directora si podían comer eso, y me
contesto que sí. Casi al momento de terminar la sesión se acercó una niña de
nuestra clase llamada María Fernanda, a quien yo desde la primera clase le
decía Mafe, y me dijo todo lagrimeando que yo le aburría y que se quería ir a
su casa. En el primer instante me di pena yo mismo, porque no era capaz de
entretener a niños de 5 años y que era un fracaso para mi comunidad. Esté
sábado fue muy duro, ya que con solo dos miembros del grupo es más difícil que
cuando está el grupo completo. Pero aquí es donde rescato que las experiencias
de ciudad de Dios no están por las
puras, ya que gracias con esta mala experiencia, tendré más ganas de volver a
venir y dar una mejor clase de la que habíamos dado hoy día, sábado 26 de
abril.
Por otra parte
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